pensando desde acá

El 25 de junio se cumplieron noventa años del nacimiento de Günter Rodolfo Kusch, ese pensador incansable que caminó el continente con una mezcla de curiosidad, respeto y rebelde sensibilidad por las causas justas. Vivió en comunidades indígenas, recorrió el norte argentino, atravesó Bolivia, siempre con la certeza de que el pensamiento -si quiere ser honesto- debe hundir sus raíces en la relación viva entre el ser humano y la tierra. Falleció en 1979, pero su obra –La seducción de la barbarie (1953), América profunda (1962) y El pensamiento indígena y popular en América (1970)- sigue latiendo como un intento utópico y profundamente humano de comprender la lógica rizomática de lo indígena y lo latinoamericano.
Aunque en sus textos resuena la huella de Heidegger, Kusch se empeñó en correrse de las formas occidentales de producir conocimiento. ¿Somos o estamos siendo? La pregunta, lejos de ser un juego retórico, abría un modo completamente distinto de mirar nuestra experiencia. Porque para él, la vitalidad del estar siendo latinoamericano contrastaba con la rigidez del “Ser” europeo -y él lo decía casi como quien tararea una melodía que ya lleva en el cuerpo, sabiendo que si nadie la recuerda, corre el riesgo de desvanecerse.
Frecuentemente olvidado en las universidades argentinas, Kusch intuía que nuestra sensibilidad latinoamericana -profundamente religiosa en un sentido amplio, no confesional- convive entre dioses y demonios que no se excluyen, sino que se entrelazan en un estar siendo contradictorio y fértil. Esa condición nos impide forzar categorías puras para comprender nuestra vida social. En De la mala vida porteña (1966) rastrea cómo ciertas cosmovisiones indígenas siguen presentes en Buenos Aires. Ver a la gente tomando mate, mirando la nada desde la vereda, dejándose estar: gestos que él leía como la persistencia cotidiana de un modo distinto de habitar el mundo.
Su compromiso político, atravesado por un peronismo militante, lo llevó a reconocer aquello que nuestras sociedades urbanas tienden a rechazar en nombre de una “pulcritud” heredada de una Europa imaginada. Desde allí surge una de sus ideas más potentes: el “hedor americano”. Lejos de ser un desprecio, era para él una imagen creadora, una forma de nombrar nuestra conexión sensible con la tierra. El olor, lo áspero, lo que incomoda, se vuelve también el modo en que el pensamiento latinoamericano puede -y debe- generar conocimiento. Al describir su llegada a la Iglesia de Santa Ana del Cuzco en América profunda, Kusch retrata esas calles “malolientes”, esos rostros curtidos, esos silencios largos que parecen mirar nuestro paso apresurado. Ese mundo que nos observa desde abajo y nos recuerda que hay verdades muy antiguas adheridas a la piel del territorio.
De allí nace su propuesta metodológica: pensar desde la tierra, asumir que nuestros sentidos -siempre en tensión, siempre contradictorios- pueden gestar conceptos nuevos. Lo llama pensamiento seminal, en contraposición al pensamiento racional-causal. La semilla, al encontrar condiciones fértiles, cambia, brota, se transforma en algo nuevo sin perder su origen. Así, para Kusch, el pensamiento indígena no se explica solamente desde el contexto: lo produce, lo fecunda, lo hace crecer desde adentro.
La vigencia de su mirada es contundente. Hoy seguimos repitiendo discursos que asignan “nauseabundez” o desprecio a ciertos sectores sociales. Nuestro lenguaje codifica imaginarios, refuerza jerarquías, modela vínculos. Quizás Kusch señalaría, hoy, el modo en que la sociedad uruguaya habla de los “planchas” o esa vieja “teoría del pichi” que todavía circula. Son las mismas ansias de pulcritud que él criticaba: un eco persistente de esa Europa idealizada que seguimos tomando como medida.
Pero también advertía que el rechazo de cosmovisiones es mutuo: cuando describía cómo los indígenas y mestizos los observaban con recelo mientras ascendían hacia la cumbre, revelaba otra tensión: dos mundos que se miran sin terminar de entenderse. En América profunda hay escenas donde ese choque se vuelve palpable, casi insoportable, como si uno se viera arrojado a un mundo que no termina de aceptar ni de rechazar.
En esa misma obra propone un paralelo entre ciertas conductas indígenas y las clasificaciones psiquiátricas de la esquizofrenia. Mientras Occidente opta por encerrar y medicar, en algunos pueblos indígenas quienes expresan esas conductas ocupan lugares de enorme respeto. Kusch prepara así el camino para antropólogos posteriores y enfrenta con una lucidez feroz nuestro miedo a lo “primitivo”. Ese viejo sentimiento de inferioridad -que aún hoy nos hace mirar al “primer mundo” como un oasis- encuentra en él una crítica directa. Por eso el concepto de geocultura es tan fundamental en su pensamiento.
Allí donde pensamiento, cultura y tierra se intersectan, aparece la relación profunda de los pueblos originarios con su territorio. Ellos no pueden “poseer” la tierra: la son. Y entonces vuelve la pregunta que atraviesa toda su obra:
¿Por qué seguimos repitiendo una cultura letrada impuesta y creyendo en su universalidad como si fuera una verdad natural?
Las categorías racionalizantes que heredamos no sólo lastiman nuestro pensamiento: también desfiguran la simple textura de nuestra vida cotidiana.
En América profunda, vuelve a esa escena en la Iglesia de Santa Ana: el mendigo que nos observa desde abajo, la limosna que ya no tiene sentido, la incomodidad que no sabemos nombrar. Es la misma inseguridad que surge cuando una voz indígena nos habla y no podemos -o no queremos- entenderla. Ese instante en que sentimos que estamos en un mundo ajeno, misterioso, que nos invita y nos expulsa al mismo tiempo.
camille simonet

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