De: The Encyclopedia of Religion and Nature, Taylor y Kaplan, eds., Continuum, 2005

Garza azul, A. J. Casson

La ecología profunda, tanto como movimiento como modo de pensar, suele presentarse en contraste con el ambientalismo más convencional, especialmente con aquellas miradas que se ocupan solo de aliviar los síntomas más visibles del desorden ecológico sin revisar —ni transformar— las creencias culturales profundas y las prácticas que les dieron origen. En lugar de aplicar soluciones “parche” a los problemas ambientales, quienes adhieren a la ecología profunda intentan hacer preguntas más hondas, y buscar respuestas más de fondo y a largo plazo. Sin embargo, algunos activistas ambientales de larga trayectoria se han sentido ofendidos por la insinuación de que sus esfuerzos, muchas veces titánicos, equivalen apenas a una suerte de ecología “superficial”. De hecho, esta oposición implícita entre enfoques “profundos” y “superficiales” llevó a más de una persona a sospechar un gesto de soberbia en la misma idea de “ecología profunda”; sospechas que, con el tiempo, contribuyeron a debilitar y marginar al movimiento.

Pero la potencia real de la ecología profunda —su verdadera elocuencia como conjunto, todavía algo inacabado, de intuiciones— nunca tuvo que ver, creo yo, con esa dicotomía simplista entre lo “profundo” y lo “superficial”. La intuición de Arne Naess tenía algo más misterioso, casi mágico. Activistas lúcidos y visionarios de múltiples campos —científicos y campesinos, profesores y poetas, artistas y anarquistas; todos atravesados por un amor intenso por la naturaleza salvaje y una mezcla de asombro e indignación frente a los daños que la civilización infligía a la tierra viviente— se sintieron atraídos por la ecología profunda porque percibían en ella una nueva forma de humildad. Un llamado que reunía a espíritus brillantes que no temían reconocer su propia existencia como animales terrestres. Todas estas personas celebraban la idea de que lo humano no es más que una criatura entre tantas —singular, sí, pero no más sorprendente que un oso pardo, un cormorán o una araña que se mece sobre los pastos al viento. Lejos de ser arrogante, la ecología profunda estaba marcada por una humildad distinta: la convicción de que quienes caminamos en dos piernas somos parte íntegra de la trama de la vida, y el deseo de pensar y actuar sin traicionar nuestra responsabilidad como ciudadanos comunes de la comunidad biótica. Ese costado humilde iba acompañado de una capacidad firme de maravillarse ante un mundo que desborda nuestros planes: la gozosa —y a veces aterradora— conciencia de ser humanos en un mundo mucho más que humano.

El nombre “ecología profunda” resonó con ese impulso nuevo, sobre todo por la riqueza del término “profundo”. Muy pocos lo captaban de manera plenamente consciente, pero sospecho que nuestros cuerpos animales lo entendieron desde el principio. El adjetivo “profundo” habla de una dimensión particular del mundo vivido: la que suele llamarse la tercera dimensión, aquello que los fotógrafos nombran como “profundidad de campo”. Es la dimensión que va de lo cercano a lo lejano, desde el punto donde estamos parados hasta el horizonte, y más allá. Lo curioso es que, a diferencia del “alto” y el “ancho”, que parecen propiedades objetivas del mundo percibido, la profundidad depende por completo de la posición del que mira. La altura de un peñasco no cambia si camino alrededor de él. Pero su profundidad —la relación entre sus zonas cercanas y lejanas— sí cambia a medida que me muevo. A diferencia de la altura de una cadena montañosa o la amplitud de un valle, la profundidad de un paisaje depende de dónde estamos situados dentro de ese paisaje. Y al movernos, corporalmente, la profundidad se desplaza con nosotros.

En verdad, un espacio tiene profundidad solo si una está situada dentro de él. Un conjunto de rocas o una arboleda adquieren profundidad solo si estamos, corporalmente, en el mismo mundo que esas rocas o esos árboles.

Si, por ejemplo, estoy mirando un documental de naturaleza en la televisión y veo a una leona descansando con sus cachorros bajo un árbol frondoso, y me levanto y camino por la habitación, ese movimiento no altera nada en la pantalla. La profundidad de la habitación cambia —la biblioteca se acerca y luego se aleja, el atril se interpone por un instante entre mí y la pantalla— pero las posiciones espaciales de los cachorros no cambian entre sí ni respecto del árbol. La leona y yo no habitamos el mismo espacio. Entre nosotros no hay profundidad, porque miro ese mundo desde afuera, como espectadora completamente separada. Mi encuentro real no es con la leona, sino con la superficie plana de la pantalla.

La ciencia moderna ha supuesto durante largo tiempo que observa la naturaleza desde un punto de vista exterior a ella. La ciencia de la ecología heredó esa presunción: la idea de que podemos analizar objetivamente las interacciones entre los organismos y su entorno como si no participáramos nosotros mismos de ese mismo entorno, como si nuestra mente racional pudiera desprenderse de su arraigo corporal —co-evolucionado, carnal— en el corazón de esa ecología, para contemplarla desde un lugar neutro. En la escuela, mirábamos un diagrama complejo del ecosistema local dibujado en el pizarrón, pero nunca incluíamos nuestra propia mirada dentro de ese sistema. Más tarde, algunos aprendimos a modelar ecosistemas en pantallas de computadora. Si bien aprendí bastante con esos ejercicios, la enseñanza más fuerte fue que la naturaleza terrestre aparecía como un fenómeno objetivo y determinable que debía estudiarse desde afuera, no como un misterio envolvente del cual formo parte.

Esa es la visión que reproducimos cuando ignoramos la dimensión de profundidad —el hecho de que solo experimentamos el mundo desde nuestra perspectiva encarnada, acá abajo, en medio de las cosas. Como somos íntegramente parte de este mundo, la naturaleza solo puede revelarnos ciertos aspectos ocultando otros; nunca percibimos un fenómeno terrestre en su totalidad. Cada cosa que encontramos directamente nos recibe con su propia profundidad: con sus facetas visibles y sus zonas invisibles, con sus aspectos cercanos a nuestra mirada y otros más lejanos que permanecen ocultos. Creer en una comprensión puramente objetiva —clara, completa— de cómo funciona el mundo es creer en un mundo plano visto desde arriba, un mundo sin profundidad, una naturaleza que observamos desde afuera, como un dios, o como quien mira una pantalla.

La ecología profunda —o mejor dicho, la ecología de la profundidad— cuestiona esa presunción; sugiere que ese distanciamiento frío y desencarnado es, en sí mismo, una ilusión, y una de las causas principales de nuestra relación destructiva con la tierra. Afirma la primacía de nuestra pertenencia corporal a la ecología que nos envuelve, de nuestro enredo total en la trama terrestre de la vida. Nos recuerda que estamos inmersos y dependemos del mundo que intentamos estudiar, manipular o gestionar como si pudiéramos mantenernos afuera.

El contraste relevante, entonces, no era entre una ecología “superficial” y una “profunda”, sino entre una mirada plana y una mirada profunda: entre una ecología plana —que observa la naturaleza desde afuera— y una ecología profunda —que mira desde dentro, desde un lugar situado en la espesura misma de la vida terrestre.

Fue esa intuición tácita de nuestra pertenencia radical a la biosfera, esa experiencia de profundidad, lo que nos reunió a quienes sentimos resonar la frase “ecología profunda”. Todos reconocíamos la necesidad de un modo de pensar y de decir que no nos arrancara de nuestra inmersión sensible, de nuestra consanguinidad con la tierra animada. Y esa necesidad, hoy, sigue tan viva como siempre.

Al reconocer que formamos parte de algo muchísimo más vasto y enigmático que nosotros mismos —al afirmar que nuestra vida continúa la vida de los ríos y los bosques, que nuestra inteligencia está enredada con la inteligencia salvaje de los lobos y los humedales, que nuestros cuerpos que respiran son apenas una expresión del cuerpo exuberante de la tierra— la ecología profunda abre un sentido nuevo (y quizás también muy antiguo) de lo sagrado. Trae lo sagrado a la tierra, vuelve evidentes los desmontes, las represas y las extinciones en curso como un sacrilegio espantoso; nos obliga a detenernos ante la biotecnología y otras intervenciones intensamente manipuladoras que nacen de una mirada plana del mundo. La ecología profunda abre una experiencia radicalmente inmanente de lo santo: la tierra multivocal que nos envuelve carnalmente, un misterio palpable, sensible y hondamente necesitado de nuestra atención y participación.

Trad: Propia

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