
Durante años, el turismo se presentó como una promesa. Promesa de descanso, de encuentro, de apertura cultural, de desarrollo económico. Más tarde, frente a los impactos evidentes sobre los territorios, esa promesa se reformuló bajo el signo de la sostenibilidad: viajar, sí, pero “mejor”; movernos, sí, pero con menos daño. Hoy, incluso ese lenguaje parece insuficiente. En un contexto de crisis ecológica profunda, agotamiento de paisajes y desgaste social, emerge con fuerza el concepto de turismo regenerativo. Ya no se trata solo de reducir impactos, sino de restaurar, cuidar y revitalizar los sistemas que hacen posible la vida —y, por extensión, la experiencia turística.
Sin embargo, como profesional del turismo y como habitante de un territorio, no puedo evitar una cierta incomodidad. ¿Estamos frente a un verdadero cambio de paradigma o ante una nueva capa de lenguaje aplicada a prácticas que siguen siendo extractivas? ¿Qué implica, realmente, “regenerar”? ¿Y qué nos exige, ética y existencialmente, esta idea?
El enfoque conocido como Lucerne Approach to Regenerative Tourism propone entender el turismo como un sistema vivo, entrelazado con ecosistemas, culturas y comunidades humanas y no humanas. Esta mirada dialoga claramente con tradiciones filosóficas y ecológicas que vienen cuestionando, desde hace décadas, la separación moderna entre naturaleza y cultura. Pensar desde una ética ecológica —como la que propone David Abram en su idea de Wild Ethics— implica reconocer que no habitamos un mundo de objetos, sino un mundo de relaciones vivas. Desde esta perspectiva, el territorio no es un “recurso” ni un “escenario”, sino una trama sensible de la que formamos parte.
La regeneración, entonces, no puede reducirse a una técnica ni a un conjunto de buenas prácticas. Es, antes que nada, una forma de reaprender a estar en el mundo. Y esto tiene consecuencias profundas para el turismo: viajar deja de ser un acto neutro y se convierte en una forma de relación, con responsabilidades reales.
Quizás la contribución más radical del turismo regenerativo no esté en lo que propone hacer, sino en las preguntas que obliga a formular. La más incómoda de todas es, tal vez, la más simple: ¿por qué viajamos? En una cultura que valora el movimiento constante, la novedad y la acumulación de experiencias, viajar se ha transformado en un fin en sí mismo. Nos desplazamos porque podemos, porque “toca”, porque está disponible, porque es un marcador de status. El turismo, así entendido, reproduce una lógica de consumo: de lugares, de culturas, de paisajes, incluso de vínculos humanos.
Pero si tomamos en serio la idea de regeneración, esta lógica se vuelve insostenible. Regenerar implica detenerse, escuchar, permanecer, comprometerse. Implica reconocer límites. No todo viaje es necesario. No todo desplazamiento es éticamente justificable. Y esta afirmación resulta profundamente incómoda para una industria basada en el crecimiento constante.
Una pregunta frecuente —y legítima— es: Cómo se ve el turismo regenerativo en la práctica? La tentación es responder con ejemplos visibles: reforestación, voluntariado, proyectos comunitarios. Sin embargo, muchas de estas prácticas, cuando no están integradas en procesos de largo plazo, terminan reproduciendo una lógica extractiva, aunque sea simbólica. A diferencia del volunturismo, la regeneración no se mide por la experiencia del visitante, sino por la salud del sistema al que se integra. No se trata de “ayudar”, sino de participar —de manera humilde y situada— en procesos que existen antes y continúan después del paso del turista.
Aquí resuena también el pensamiento de los nuevos materialismos, como el de Donna Haraway, cuando propone abandonar las narrativas heroicas y aprender a “seguir con el problema”. Regenerar no es resolver, ni salvar, ni compensar: es sostener relaciones complejas en el tiempo.
Pensar el turismo regenerativo desde Uruguay implica necesariamente una reflexión sobre escala, fragilidad y cercanía. Uruguay no es un país de grandes paisajes espectaculares ni de destinos masivos globales. Su riqueza está en lo sutil: en los ecosistemas costeros, en la ruralidad, en los ritmos lentos, en una relación histórica —aunque tensionada— con el territorio. Aquí, el turismo regenerativo difícilmente pueda pensarse desde la lógica del crecimiento. Tal vez tenga más que ver con desacelerar, con fortalecer economías locales, con revalorizar saberes situados y con recuperar formas de hospitalidad que no separen producción, cultura y vida cotidiana. Regenerar, en este contexto, podría significar quedarse más tiempo en un lugar, moverse menos, escuchar más. Podría significar que el turismo no “llegue” a los territorios, sino que emerja desde ellos.
Una de las paradojas más interesantes del turismo regenerativo es que pone en cuestión la necesidad misma del viaje lejano. Muchas de las experiencias que hoy buscamos fuera —conexión, sentido, transformación— podrían encontrarse en una relación más profunda con el propio territorio. Defender el turismo local no es un gesto conservador ni una renuncia al encuentro con lo diverso. Es, más bien, una apuesta ética: la de reaprender a habitar, a conocer y a cuidar el lugar que ya nos sostiene. En este punto resuena con fuerza el pensamiento de Rodolfo Kusch, cuando propone pensar desde el estar antes que desde el hacer, desde una relación situada con el territorio y no desde la lógica abstracta del progreso. Regenerar, desde esta mirada, no sería mejorar un sistema, sino volver a inscribirnos —con humildad— en la trama viva que nos antecede.
En este sentido, el turismo puede convertirse en una pedagogía del territorio, más que en una industria del desplazamiento. Este texto no pretende cerrar el debate, sino abrirlo. El turismo regenerativo, si quiere ser algo más que una moda, debe aceptar la incomodidad, la lentitud y la duda. Debe resistir la tentación de convertirse en una nueva etiqueta tranquilizadora.
Tal vez la regeneración comience cuando dejamos de preguntarnos cómo viajar sin dañar y empezamos a preguntarnos cómo queremos habitar el mundo, con otros humanos y con lo más-que-humano. Y tal vez, desde ahí, el turismo —en algunas de sus formas— pueda encontrar un nuevo sentido.
Nota final
Este ensayo dialoga con distintos marcos teóricos y filosóficos que han inspirado estas reflexiones, entre ellos la ética ecológica y fenomenológica de David Abram, el enfoque de la ecología profunda, los nuevos materialismos —en particular los planteos de Donna Haraway— y el pensamiento situado latinoamericano de Rodolfo Kusch. Estas referencias no buscan funcionar como citas académicas, sino como acompañamientos conceptuales para pensar el turismo, el territorio y la experiencia desde una ética del habitar y la interdependencia.


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